Yo, el último (o el ocaso definitivo del Neandertal)
En algún lugar de la costa de Cádiz. Hace 35.000 años...
No recuerdo cuántas lunas han pasado desde que escuché la voz de otro como yo.
El silencio se ha vuelto mi único compañero, y a veces creo que también quiere abandonarme.
Mi cuerpo envejece, más rápido desde que el frío regresó. Los huesos me crujen como ramas secas. La cueva donde duermo —donde antes dormíamos todos— resuena ahora con un eco hueco que no reconozco. Antes estaba llena de respiraciones pesadas, de pasos, de vida. Ahora sólo queda mi aliento, torpe y débil, y el chisporroteo cansado de unas brasas que luchan por no extinguirse.
Afuera, las colinas siguen siendo las mismas de siempre, pero ya no me pertenecen. Mis ojos se han vuelto pesados y mis piernas, lentas. Incluso los pájaros parecen mirarme con extrañeza, como si no recordaran a los de mi especie.
Dicen que los últimos de nosotros quedamos arrinconados en estas tierras del sur, donde el mar golpea las rocas como un animal hambriento. Yo lo creo. Desde aquí vi cómo los bosques cambiaban, cómo las presas huían y cómo los hombres nuevos —los hijos del viento— caminaban por los valles con una confianza que nunca supe si envidiar o temer.
A veces los observaba desde la distancia. Eran distintos. Su fuego brillaba más, como si ardiera también dentro de ellos. Sus herramientas eran más finas, sus voces más rápidas, sus manos más inquietas. No parecían parte del mundo: parecían querer dominarlo. Nosotros sólo queríamos sobrevivir dentro de él.
Recuerdo cuando los vi por primera vez. Yo era joven, rápido, lleno de fuerza. Ellos se movían como un solo cuerpo, atentos, organizados. Me escondí, pero sentí algo extraño: un presentimiento cálido y frío a la vez. Supe que el mundo cambió en ese instante. Que nosotros nos marchábamos mientras ellos llegaban.
—
Mi grupo resistió mientras pudo. Éramos diez, luego siete, luego cuatro… y finalmente quedé yo.
Primero se marcharon los viejos, sin ruido, aceptando que la tierra reclamaba lo que era suyo.
Luego los cazadores, que no regresaron de las montañas.
Y al final, ella.
Mi compañera.
Mi fuerza.
Mi fuego.
La enfermedad la tomó rápido. Pasé noches enteras sujetándole la mano mientras su respiración se apagaba. Cuando la luna estaba más alta, dejó de moverse. Me quedé con ella hasta que la luz del día entró por la boca de la cueva, como si quisiera arrastrarme lejos de su cuerpo sin calor.
La enterré yo solo.
Mis manos sangraron.
El suelo estaba duro, obstinado, como si también se negara a perderla.
Desde entonces, no volví a hablar en voz alta.
—
La soledad tiene un peso que no conocía. A veces siento que me hundo en ella igual que un ciervo herido se hunde en el barro. Otras veces escucho sonidos que creo reconocer: pasos, susurros, el tintinear de herramientas. Pero cuando salgo, no hay nadie. Los hijos del viento no se acercan ya. No sé si me temen o si simplemente no me ven. Quizá para ellos no soy más que un eco, una sombra, un recuerdo de lo que fue.
Lo cierto es que estoy cansado.
Recorro con la mano las pinturas de la cueva. Mis antepasados las dejaron allí para recordar que existimos, que amamos, que luchamos, que reímos. Animales de caza, manos, signos. Yo añadí uno más hace unos días: una figura encorvada, sola, mirando al mar. No sé si alguien la verá algún día. No sé si alguien sabrá qué significa. Pero necesitaba dejar constancia de que estuve aquí. Que no me disolví sin dejar huella.
La fiebre ha vuelto esta mañana. Me duele la garganta, me quema el pecho. Cada respiración cuesta. Sé lo que significa: la última montaña que debo subir está delante de mí. Y es alta, muy alta.
—
Me tumbo en la entrada de la cueva para sentir por última vez la luz. El sol se esconde, el cielo se vuelve rojo, como si sangrara por nosotros.
¿Fue este siempre el destino de mi especie?
¿Desaparecer mientras el mundo sigue adelante?
¿O simplemente hemos entregado el camino a otros que supieron hacer cosas que nosotros no?
No guardo rencor.
Ni siquiera siento miedo.
Sólo… un cansancio antiguo.
El viento trae olor a mar, húmedo y salado. Me recuerda a mi infancia, cuando corría por la playa persiguiendo cangrejos, cuando mi madre reía mientras me limpiaba las rodillas llenas de arena.
La echo de menos.
Echo de menos a todos.
Cierro los ojos.
Si mañana mis huesos descansan bajo estas rocas, que la tierra me reciba suave.
Y si soy el último…
Que el mundo recuerde que también tuvimos sueños.
Que también fuimos parte de él.
Que no nos extinguimos:
solamente dejamos de ser vistos.



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