Fuiste Alfonsa
Hace unos meses empecé una investigación para reconstruir la vida de mi abuelo paterno, Juan María Galera Sánchez. Quería saber quién había sido realmente aquel hombre que murió con apenas veintitrés años, dejando a mi padre huérfano cuando solo tenía diez días de vida.
Pensaba que el camino sería relativamente sencillo: recopilar documentos, hablar con familiares, ordenar fechas.
Pero la genealogía tiene algo extraño.
Uno empieza buscando a una persona concreta y acaba encontrándose con otras que parecían condenadas al olvido.
Y así fue como llegué a Alfonsa de Campos.
No buscaba a Alfonsa. Ni siquiera sabía que había existido. Su nombre no formaba parte de los relatos familiares. Nadie la mencionaba en reuniones ni aparecía en las fotografías guardadas en los cajones de casa.
Y, sin embargo, allí estaba.
Escondida entre registros parroquiales de Albaladejo escritos hace más de doscientos años.
Al principio solo era un nombre más. La esposa de Baltasar Galera. Una antepasada lejana dentro de una rama familiar cada vez más antigua.
Pero empezó a repetirse.
Apareció en el matrimonio con Baltasar Galera. Después como madre de Víctor Galera. Más tarde como madrina de algunos de sus nietos. Y un día, en una anotación aparentemente insignificante, descubrí que había administrado un bautismo de urgencia a un recién nacido que parecía estar a punto de morir.
Aquella mujer había existido de verdad.
Ya no era una línea en un árbol genealógico.
Había tomado decisiones. Había amado. Había criado hijos. Había acompañado a otras familias en momentos difíciles.
Y empecé a querer saber más.
Alfonsa de Campos nació probablemente en Albaladejo hacia 1782, hija de Francisco de Campos y Alfonsa de Lillo. Creció en una pequeña localidad del Campo de Montiel cuando España aún vivía bajo el reinado de Carlos III.
Su infancia transcurrió en una sociedad muy distinta a la nuestra. La mayor parte de los habitantes de Albaladejo eran jornaleros, pastores o pequeños agricultores. La vida estaba profundamente marcada por el calendario agrícola y religioso. Las noticias del exterior llegaban tarde y deformadas, mientras las cosechas, las sequías o las enfermedades tenían consecuencias inmediatas.
Cuando Alfonsa rondaba los siete años estalló la Revolución Francesa.
Cuando tenía poco más de veinte, España quedó sumida en la Guerra de la Independencia contra las tropas napoleónicas.
Y en medio de aquel contexto histórico inmenso, ella construyó una vida.
Se enamoró de Baltasar Galera, con quien estaba emparentada en cuarto grado de consanguinidad. Tuvieron que solicitar una dispensa eclesiástica para poder casarse. La autorización tardó en llegar y, mientras la esperaban, nació al menos uno de sus hijos.
Finalmente, el 29 de marzo de 1812, contrajeron matrimonio en la parroquia de Santiago de Albaladejo.
Ese mismo año se promulgaba la Constitución de Cádiz, conocida popularmente como La Pepa. Mientras algunos españoles discutían sobre soberanía nacional y liberalismo, Alfonsa y Baltasar probablemente estaban preocupados por sacar adelante a sus hijos y sobrevivir a la incertidumbre de aquellos tiempos.
Tuvieron descendencia. Entre ellos, Víctor Galera, del que siglos después nacería mi propia rama familiar.
Pero hay un episodio que me conmueve especialmente.
El 21 de febrero de 1833, un recién nacido del pueblo parecía no sobrevivir. El sacerdote todavía no había llegado. En aquella época existía la práctica del bautismo de socorro, conocido popularmente como echar agua. Cuando un niño se encontraba en peligro inminente de muerte, cualquier cristiano podía bautizarlo utilizando agua y pronunciando la fórmula adecuada.
Y eso fue exactamente lo que hizo Alfonsa.
El párroco dejó constancia escrita de que Alfonsa de Campos, mujer de Baltasar Galera, había administrado correctamente aquel bautismo de urgencia.
Dos siglos después sigo leyendo esas palabras.
No sé cómo era físicamente. No sé si sabía leer ni cuál era su carácter. No sé qué temores tenía ni qué sueños albergaba para sus hijos.
Pero sé que fue una mujer en la que otros confiaban.
Sé que estuvo presente en momentos importantes de la vida de su comunidad.
Sé que sostuvo en brazos a varios de sus nietos como madrina en sus bautismos.
Sé que enviudó en 1848, tras la muerte de Baltasar Galera.
Y sé que falleció en 1855, siendo enterrada en Albaladejo después de recibir los últimos sacramentos.
Después de eso, el silencio.
Generación tras generación, su recuerdo fue desapareciendo.
Y aquí es donde esta historia deja de hablar solo de Alfonsa.
Porque creo que hay algo profundamente emocionante en rescatar del olvido a personas corrientes.
No eran héroes nacionales. No aparecen en los libros de texto. No cambiaron el rumbo de la historia de España.
Pero fueron quienes la sostuvieron.
Sin mujeres como Alfonsa de Campos, capaces de sacar adelante una familia, de cuidar a sus vecinos y de enfrentarse a las dificultades cotidianas de su tiempo, ninguno de nosotros estaría aquí.
Hace apenas unas semanas, Alfonsa no era para mí más que un nombre desconocido.
Hoy puedo pronunciarlo.
Y quizá esa sea la mayor victoria contra el paso del tiempo.
Porque mientras alguien siga preguntándose quién fue Alfonsa de Campos, mientras alguien siga reconstruyendo su historia y contándola a quienes vienen detrás, una parte de ella seguirá viva.
Y me gusta pensar que, en el fondo, eso era exactamente lo que buscaba cuando empecé esta investigación sobre los Galera.
No solo averiguar de dónde vengo.
Sino devolverles la voz a quienes parecían haberla perdido para siempre.


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