Uso de la IA para contar mejor la historia... ¿o para producir contenido más deprisa?

 



Una reflexión sobre la divulgación histórica, la velocidad de producción y el papel de la inteligencia artificial en la narrativa audiovisual.

La inteligencia artificial está transformando la manera de crear contenido histórico. Hoy podemos reconstruir ciudades desaparecidas, recrear acontecimientos de hace siglos y dar movimiento a personajes que hasta hace muy poco solo conocíamos a través de pinturas, grabados o fotografías.

Es una revolución extraordinaria. Pero también plantea una pregunta que considero fundamental:

¿Estamos utilizando la inteligencia artificial para contar mejor la historia o simplemente para producir contenido más deprisa?

Porque no es exactamente lo mismo.

La facilidad con la que hoy podemos generar imágenes y vídeos está favoreciendo la aparición de nuevos formatos divulgativos, muchos de ellos visualmente espectaculares y capaces de conectar con públicos enormes. Pero también existe el riesgo de confundir la capacidad de producir contenido con la capacidad de construir un buen relato.

Y es precisamente ahí donde quiero situar mi reflexión.

1. ¿Quién debe ser el protagonista: la historia o quien la cuenta?

Uno de los formatos más habituales de divulgación histórica con inteligencia artificial consiste en introducir a un presentador, muchas veces una recreación digital del propio creador, dentro del acontecimiento histórico.

El personaje camina por una ciudad medieval, presencia una batalla o visita una fábrica del siglo XIX mientras explica lo que está sucediendo.

Es un recurso legítimo y eficaz. Permite construir una identidad reconocible, conecta con el espectador y facilita la continuidad visual.

Pero también presenta una limitación narrativa.

Cuando el creador aparece constantemente en pantalla, el acontecimiento histórico corre el riesgo de convertirse en un simple decorado de su propia representación.

Da igual que estemos en la antigua Roma, en la Barcelona medieval o en una fábrica de la Revolución Industrial: el protagonista sigue siendo el mismo.

Este exceso de autoprotagonismo puede acabar empobreciendo el relato. La historia queda subordinada a la presencia de quien la explica, cuando debería suceder precisamente lo contrario.

En Eres un Cuentista, mi planteamiento es distinto.

El narrador conduce el relato, pero no necesita ocupar físicamente las escenas. Los protagonistas son las personas de aquella época, los acontecimientos, los espacios y sus transformaciones.

No quiero que el espectador me vea visitando el pasado. Quiero que sienta que está viendo el pasado.

2. Ilustrar un relato no es lo mismo que construir una narración audiovisual

Existe otra diferencia que considero especialmente importante: la utilización del lenguaje audiovisual.

La inteligencia artificial permite generar escenas de varios segundos con personajes que se mueven, cámaras que avanzan y escenarios que parecen cobrar vida.

Con unas pocas secuencias relativamente largas es posible construir un vídeo completo. El personaje habla, la cámara lo acompaña y el entorno histórico funciona como escenario.

Es un procedimiento rápido, eficiente y perfectamente válido para determinados contenidos.

Pero también puede convertirse en una fórmula visual repetitiva.

En mi caso, para producir un vídeo de entre dos y dos minutos y medio puedo necesitar treinta o treinta y cinco imágenes diferentes, cada una con su correspondiente proceso de generación, corrección, animación y montaje.

¿Es necesario tanto trabajo?

Depende de lo que se pretenda conseguir.

Cada plano debe responder a una necesidad concreta: mostrar una acción, introducir un personaje, describir un entorno, explicar una transformación o reforzar una idea del guion.

La cámara no debería moverse simplemente porque la herramienta permite hacerlo. Debería hacerlo porque ese movimiento aporta algo a la narración.

El guion debe determinar las imágenes, y no las limitaciones o facilidades de la herramienta condicionar el guion.

No significa que treinta y cinco planos sean automáticamente mejores que seis. La cantidad no garantiza la calidad. Pero sí permite desarrollar una narrativa visual más diversa, con cambios de perspectiva, ritmo, acciones y puntos de vista.

Mi intención es aproximarme al lenguaje del documental histórico, no limitarme a ilustrar una explicación con escenarios animados.

3. El rigor histórico no puede ser una cuestión secundaria

Este es, posiblemente, el aspecto que más me preocupa.

La inteligencia artificial puede generar imágenes extraordinariamente convincentes, pero eso no significa que sean correctas desde un punto de vista histórico.

Puede inventar vestimentas, construcciones, herramientas, personajes o situaciones con una apariencia de autenticidad impresionante.

Y aquí aparece uno de los grandes peligros de esta tecnología: cuanto más realista resulta una recreación, mayor es su capacidad para hacer creíble un error.

Una imagen históricamente incorrecta puede resultar mucho más persuasiva que una explicación rigurosa.

Por eso considero indispensable dedicar tiempo a la documentación, contrastar fuentes, revisar afirmaciones y auditar los guiones antes de convertirlos en imágenes.

En Eres un Cuentista, este proceso ocupa una parte considerable de la producción.

Y no termina con el texto.

También hay que revisar las imágenes: comprobar si la arquitectura corresponde al periodo, si la indumentaria es verosímil, si determinados objetos existían o si la escena reproduce adecuadamente lo que sabemos de aquel acontecimiento.

Naturalmente, eso no me convierte en infalible. Puedo equivocarme, interpretar mal una fuente o pasar por alto algún detalle.

Pero hay una diferencia fundamental entre aceptar que pueden existir errores y renunciar al esfuerzo por evitarlos.

El rigor histórico no debería ser una corrección opcional al final del proceso. Debería formar parte de la propia creación.

4. ¿Producir más significa divulgar mejor?

Las redes sociales premian la frecuencia, la regularidad y la capacidad para captar rápidamente la atención.

Desde esa perspectiva, producir cuatro o cinco vídeos semanales puede representar una ventaja enorme.

Más publicaciones significan más oportunidades de alcanzar nuevas audiencias, experimentar con temas y aumentar la visibilidad.

Sería absurdo negar esa realidad.

Pero también hay que preguntarse qué ocurre cuando la velocidad de producción se convierte en el principal objetivo.

La investigación necesita tiempo. La construcción de un relato necesita reflexión. La selección de imágenes, la revisión de escenas y el montaje necesitan criterio.

Cuando todo debe producirse cada vez más deprisa, existe la tentación de simplificar esos procesos, reutilizar constantemente las mismas estructuras o dar por buenas recreaciones que merecerían una segunda revisión.

En mi caso, producir un vídeo de unos dos minutos puede requerir entre seis y doce horas de trabajo efectivo.

Eso incluye documentación, escritura, auditoría histórica, generación de imágenes, animación, locución, edición y montaje.

Es mucho tiempo para una pieza tan breve.

Y sería un error pensar que dedicar más horas convierte automáticamente un vídeo en mejor.

Parte de ese trabajo puede optimizarse. Seguramente hay procesos repetitivos que puedo automatizar y decisiones visuales a las que dedico más tiempo del necesario.

Pero también hay tareas que no deberían desaparecer en nombre de la productividad.

La artesanía audiovisual no consiste en tardar muchas horas, sino en conseguir que cada hora contribuya a mejorar el resultado.

El reto, por tanto, no es defender la lentitud. Es distinguir entre el tiempo que aporta valor y el que simplemente consume recursos.

5. La inteligencia artificial debe estar al servicio del creador, no al revés

Hay una cuestión especialmente interesante en este nuevo panorama.

Tradicionalmente, el creador desarrollaba una idea y buscaba las herramientas necesarias para convertirla en realidad.

Con la inteligencia artificial puede suceder lo contrario: descubrimos una función espectacular y comenzamos a producir contenidos alrededor de lo que esa función permite hacer fácilmente.

Si una herramienta consigue animar con gran facilidad a una persona caminando y hablando frente a una cámara, podemos acabar convirtiendo todos nuestros vídeos en personas caminando y hablando frente a una cámara.

Y entonces dejamos de decidir cómo queremos contar una historia.

Es la herramienta la que empieza a decidir por nosotros.

Mi trayectoria en diseño, dirección de arte y comunicación audiovisual me lleva a defender otro planteamiento: primero la idea, después el guion, posteriormente la planificación visual y finalmente la elección de herramientas.

No siempre resulta el camino más rápido, pero permite conservar algo que considero esencial: la intención narrativa.

Una imagen espectacular puede ser completamente prescindible si no aporta nada al relato.

Y una escena sencilla, bien construida y colocada en el momento adecuado, puede tener una fuerza extraordinaria.

La cuestión no es demostrar lo que la inteligencia artificial puede generar, sino demostrar lo que somos capaces de contar utilizándola.

6. Del contenido rápido a la creación audiovisual con identidad

La inteligencia artificial ha democratizado posibilidades que hasta hace muy poco estaban reservadas a productoras con presupuestos importantes.

Hoy una sola persona puede recrear una ciudad medieval, representar una escena de la vida cotidiana romana o reconstruir visualmente un acontecimiento del que apenas conservamos testimonios gráficos.

Esto abre oportunidades extraordinarias para la divulgación, los museos, las instituciones culturales y la recuperación de la memoria histórica.

Pero también obliga a plantearse qué valor aporta realmente quien produce esos contenidos.

Si el principal valor consiste en conocer una herramienta y generar vídeos rápidamente, es posible que esa ventaja desaparezca cuando las aplicaciones sean todavía más sencillas y accesibles.

En cambio, la capacidad para investigar, seleccionar información, escribir, interpretar, construir una narrativa y dirigir visualmente una historia es algo mucho más difícil de automatizar.

Ahí es donde quiero situar Eres un Cuentista.

No simplemente como un canal que utiliza inteligencia artificial para recrear el pasado, sino como un proyecto de divulgación audiovisual con una identidad narrativa, un criterio estético y un compromiso con el rigor histórico.

Un proyecto en el que la tecnología amplíe las posibilidades creativas sin sustituir las decisiones del creador.

Conclusión: contar mejor, no necesariamente contar más

La velocidad de producción es una ventaja. Negarlo sería absurdo.

La inteligencia artificial debe ayudarnos a trabajar con mayor eficiencia, reducir tareas mecánicas y dedicar menos recursos a procesos que pueden automatizarse.

Yo también necesito aprender a hacerlo.

Pero creo que sería un error convertir la cantidad de publicaciones en el principal indicador de calidad.

No aspiro a producir el mayor número posible de recreaciones históricas. Aspiro a que cada una tenga sentido, esté razonablemente documentada y consiga transmitir algo más que una sucesión de imágenes espectaculares.

Quiero que el espectador descubra, comprenda y, por unos instantes, pueda imaginar cómo fue realmente aquel mundo.

Y eso requiere algo más que escribir un prompt y pulsar un botón.

Requiere investigación, narrativa, sensibilidad, criterio y una voluntad constante de mejorar.

Quizás el futuro de la divulgación histórica con inteligencia artificial no dependa de quién consiga producir diez vídeos en el tiempo que otro necesita para hacer dos.

Quizás dependa de quién consiga que esos dos vídeos aporten algo que merezca la pena recordar.

Porque, al final, la pregunta sigue siendo la misma:

¿Estamos utilizando la inteligencia artificial para contar mejor la historia o simplemente para producir contenido más deprisa?

En Eres un Cuentista tengo bastante claro por cuál de los dos caminos quiero avanzar.

Comentarios

Entradas populares